Sebastian Spreng y el paisaje interior

  • por Adriana Herrera

    Publicado el domingo 15 de mayo del 2011

     

    por Adriana Herrera

    Para Sebastián Spreng (Esperanza, Santa Fe, Argentina, 1956) ni el término español “paisaje”, ni el inglés landscape, ni el alemán landschaft dan cuenta de ese único cuadro que ha pintado en incontables óleos difusos que contienen montañas neblinosas, largas orillas de ríos, barcos en mares ignotos, o la imagen reiterativa de un árbol solitario en inmensidades que varían del blanco casi absoluto al negro profundo. Muchos óleos de este artista, que creció viendo las pampas y luego la costa Atlántica de Mar de Plata, conjugan los elementos (la difusión del viento, las tonalidades del fuego, la solidez de la tierra o la fluidez del agua); pero en realidad describen escenografías de atmósferas interiores. 

    Spreng usa lo arquetípico, las leyendas que alcanzaron su máxima grandeza a través de la composición musical, para sugerir vectores narrativos en esos parajes que se repiten en infinitas -y bellas- variantes, siempre representados de modo borroso, como cubiertos por la pátina del sueño. Los pinta con texturas que sugieren rastros de acontecimientos que hablan tanto del paso del tiempo, como del sustrato atemporal del inconsciente.

    Si es inevitable vincularlo con la herencia (que también viene en su memoria genética) de la pintura de paisajes alemana, desde el romántico Caspar David Friedrich, especialmente en aquellos cuadros brumosos donde solitarias figuras humanas se abisman en la inmensidad; en su obra no hay paisajes exteriores realistas: cada espacio es una expresión del Élan vital, como llamó Bergson, el ímpetu de vida, ligado a la consciencia.

    En la sugerente instalación en Kelley Roy Gallery, Salad Bar -título que equilibra lo romántico con la ligereza del juego- los 240 cuadros en formato pequeño instalados en la pared pueden reorganizarse, como de hecho lo hizo alguien en la apertura, en incontables combinaciones posibles, sin que dejen de advertirse motivos constantes tanto en su trayectoria como en la historia de las representaciones simbólicas.

    Al hablar de “ese árbol solitario y agarrado a la tierra que apunta al cielo”, y que en lugar de pintar, está tallado en la superficie del óleo, Spreng dice: “Es un canto a la supervivencia del hombre y de mí mismo”. El último cuadro de esta serie abierta que por primera vez incluye pájaros o flores sugeridos, pero también ventanas, miradores, e interiores, aunque también los infaltables espacios del agua (como en esas fotografías casi abstractas que Andreas Gursky tomó a la orilla del Rin), es justamente un árbol tallado sobre un verde-negro que se llama -como la composición de Mahler- La canción de la tierra. Pero insisto: la tierra de Spreng pertenece al alma.

    A diferencia de los vastos y desolados parajes del inmenso Anselm Kiefer, a quien tanto admira, su obra no contiene alusiones históricas ni remite a las devastaciones humanas: es un no-lugar borroso y cargado de intensidades subjetivas, un espacio para lo inmemorial. Ciertamente sus óleos pueden conectarse también a Gerald Ritcher -la otra figura constante del paisaje alemán contemporáneo- en cuanto a la oscilación entre figuración, paisaje y abstracción, e incluso hay motivos comunes como la luna que éste representó sobre el agua en sus monotipos a mediados del siglo pasado en la serie Elbe (Elba); pero su relación con los medios -como el uso de la fotografía combinada con la pintura- y con el color mismo es distinta. No obstante, comparten la visión de que “el arte es la más alta expresión de la esperanza humana”.

    A la entrada de la exhibición hay un tríptico inspirado en el espacio de las piscinas, pero éstas se han liberado de la referencialidad, son abstractas. “No hay más nadador, no hay más agua, sólo una red que se forma en el fondo del agua bajo la luz”, dice Spreng. Hay otros trípticos en la sala. Uno representa fortalezas sobre universos monocromáticos -verde, amarillo oro y rojo- que contienen la metáfora del yo protegido y esa tensión formal entre lo pétreo y lo difuso o intangible. El otro alude a parajes desérticos, marinos o boscosos, que se disuelven en la vastedad de lo abstracto sin desaprovechar el poder simbólico de los cruces de caminos. Pero no estamos ante “significados” exactos: sólo ante una poética visual que desata el encuentro de sentidos posibles, más allá de la mirada.

    Los 240 cuadros culminan en líneas paralelas de cuadros blancos y negros, a través de un proceso que ocurre no por ausencia de color, por la pureza formal; sino, como en Reinhardt, por la suma de capas que contienen una memoria enterrada. Habría querido llegar al negro sin usarlo, sólo añadiendo color, hasta ese modo de silencio que luego lo lleva al lúdico despliegue de cuatro “lunas” cuadradas: la nueva, blanca como el aire; la negra, semejante a un eclipse total, con una aureola azul, como el agua; una luna oriental pintada en amarillo fuego; y una luna terrenal intensamente verde.

    Sebastián Spreng salta las clasificaciones impunemente porque su obra encarna un verso de Borges: “El arte es esa Itaca de verde eternidad; no de prodigios”.•



    Adriana Herrera es escritora y crítica de arte. Colabora con galerías y museos, y asesora publicaciones especializadas.

    ‘Salad Bar’ de Sebastian Spreng en Kelley Roy Gallery, 50 NE 29 St. Hasta el 30 de junio. (305) 447-3888.



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